La virtud, el tejido social y la prevención de la violencia

Arturo Zárate Ruiz
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Parte de la política de prevención de violencias en México se enfoca a reconstruir el tejido social.  A continuación se ofrecen varios cuestionamientos a esta política y una propuesta para su desarrollo.

En un México donde parte importante de su discurso legal y político supone que la reconstrucción del tejido social previene la violencia y el delito (Gobierno de la República, 2014; Secretaría de Gobernación, 2012), cabe notar que ese discurso legal no supone que todo tejido social sea positivo (por ejemplo, la delincuencia organizada no lo es (Cámara de Diputados, 2013)), y notar por tanto que, en la arena pública, distintos analistas se pregunten sobre el tejido social más conveniente para prevenir la violencia y el delito.

Entre las diversas respuestas, hay algunas que parecen enfrentar los vínculos comunitarios y los vínculos civiles.  Sara Sefchovich (2014), por ejemplo, lamenta la ineficacia de las instituciones civiles y del Estado en combatir la violencia.  Como alternativa propone la “herejía” de mejor recurrir al más fuerte de los vínculos comunitarios (el amor de una madre por sus hijos) y lograr así convertir a los delincuentes.  El ex-canciller Jorge G. Castañeda (2015), en contraste, lamenta el individualismo mexicano centrado en la familia y en la desconfianza de cualquier acción civil colectiva, un individualismo que llega a transgredir la ley y sacrificar el bien común de la sociedad civil si así se beneficia el individuo y su familia.

Estas visiones encontradas sugieren la tipificación de los tejidos sociales según las teorías decimonónicas de Ferdinand Tönnies (2001).  Para él, la sociedad era o comunitaria o civil.  En el primer caso, se tendría una comunidad unida por los vínculos del parentesco, de convivencia en un lugar común, o de valores e historia personal, también comunes, que permitiría a los individuos hablar de vidas entrelazadas, una tradición y una cultura compartidas.  En el segundo caso, se tendría una sociedad civil.  Entonces, independientemente de que los individuos compartan o no el vínculo comunal, éstos se verían preeminentemente unidos por relaciones contractuales y legales, ya económicas, laborales o civiles, a las cuales el Estado debe darles vigor.  Los lazos civiles trascenderían entonces los comunitarios, a punto de volverse impersonales, pues su base, la ley, no la vida en común, no admitiría distingos de personas, como ocurriría con una madre que cuida a sus hijos y no a los del vecino.  Aun así, los lazos civiles deberían expresar, a través de la ley, de manera mejor la voluntad colectiva, ya por los derechos y responsabilidades que debe gozar y cumplir cada individuo, ya por las metas comunes que como sociedad civil procura.  En cualesquier casos, en las comunidades el vínculo residiría en una vida común y compartida, cohesionada además por los afectos personales; en la sociedad civil, el vínculo estaría en los contratos, la ley, el Estado, los intereses de las organizaciones civiles, sin distingo de personas.  Así, de considerar las palancas que habrían de mover el entramado social, en la comunidad, serían el afecto y las relaciones personales; en la sociedad civil, los intereses de los individuos, la fuerza de la ley y sus instituciones.

Ahora bien, que analistas como Sefchovich y Castañeda critiquen, la una, la ineficacia de los vínculos civiles y, el otro, la perversión de los vínculos comunitarios, tal vez sea un indicador, no de que un tipo de vínculo funcione y el otro no, por lo cual habría que escoger uno a la hora de prevenir la violencia, sino que a fin de cuentas ni uno ni otro están funcionando del todo bien en México.  He allí el caso de los miembros de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación, una asociación civil, que tomaron el 13 de junio de 2018 el 80% de las gasolineras en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, para robar gasolina y regalarla al público (Hernández, 2018), éste integrado en no pocos casos por padres de familia, quienes dieron entonces ejemplo a sus hijos de cómo ejercer latrocinios bajo el amparo de una “protesta social”. He ahí el caso, por mencionar uno más, de los pueblos de Tecamachalco, Quecholac, Palmar de Bravo y Tepeaca, Puebla, dedicados ahora a “huachicolear” (Mendoza, 2017), animados por sus lazos comunitarios, y amparados civilmente por sus usos y costumbres. He allí, en cualquiera de los casos, un Estado que, no es que no exista sino que disfuncional o débil, se repliega.  Estos ejemplos son solo una muestra de cómo los lazos comunitarios o los civiles en México no se ajustan a lo deseable.

Por lo cual habría que preguntarse tanto qué es lo deseable y cómo conseguirlo.

¿Qué sería lo deseable?  Tras una lectura con algunos ajustes de las teorías de la amistad de Aristóteles (2011: pp. 173-218), se puede concluir que los individuos se asocian porque les útil, placentero o les permite ello crecer en la virtud.  En un caso, los individuos se intercambian los unos y los otros bienes materiales y servicios; en el segundo caso, se facilitan los unos y los otros lo placentero; en el tercer caso, la relación que mantienen les permite ser mejores como personas, es decir, crecer en las virtudes de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.  Sobre ellas ya ha escrito este autor (Zárate, 2013) y, por supuesto, muchos otros bastante mejores (Platón, 1979: pp. 473-511; Aristóteles, 2011: pp. 9-249; Cicerón, 2003; Aquino, 2012: §II-II; Kreeft, 1992).  De todas las razones para asociarse, la de adquirir virtud es crucial para que una sociedad viva la paz y progrese.  Porque, entre otras cosas, por la prudencia los individuos no sólo se preparan para hacer las cosas bien, sino también para ser buenos; de vivir la justicia, tratan a sus vecinos de acuerdo a su dignidad humana, pues aun al más insignificante y al parecer despreciable consideran, según la tradición judeo-cristiana, como con semejanza y como imagen de Dios; de adquirir fortaleza, al menos demuestran paciencia y perseverancia para conseguir el bien común; y de vivir la templanza, entre otras cosas, se hacen dueños de sus impulsos en vez de abandonarse a ellos, por ejemplo, a la terrible pasión de la ira que desemboca en la violencia y en la crueldad.  Ciertamente lo útil y lo placentero también son importantes en la conformación de las sociedades.  De hecho, en gran medida son lo que mueve al mundo.  Pero sin virtud las sociedades se vuelven blandengues, injustas, necias y arrebatadas, y de paso también inútiles y desagradables. Así, si una política social busca prevenir la violencia y el delito a través de la reconstrucción del tejido social, debe procurar que este tejido social destaque en las virtudes.

Cabe ahora advertir que las virtudes se aprenden.  Son hábitos buenos y, como todo hábito, se adquieren con la práctica de pequeños actos que poco a poco se yerguen en costumbre (Aquino, 2012: I-II, q.51, art. 3) hasta convertirse en una segunda naturaleza (Martí, 2012).

Los lugares tradicionales de aprendizaje son el hogar y la escuela, los cuales, según la teorías de Tönnies, uno ofrecería un entramado social comunitario, otra, un entramado civil para este propósito.  Más que preguntarse cuál entorno es más conveniente para aprender las virtudes, cabe preguntarse cómo se pueden conjugar sus ahora cuestionables y limitados esfuerzos para bien, más aun cuando hay políticas sociales que facilitarían su colaboración en la educación de las virtudes.

Algunos programas de gobiernos de los estados, por ejemplo, el tamaulipeco, ofrecen espacios de convivencia como recurso para prevenir las violencias.  Con todo, como atinadamente reconoce el Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia 2014-2018 (PNPSVD) (Gobierno de la República, 2014) y los gobiernos de los estados (Secretaría de Bienestar Social, s.f.), los espacios de convivencia no bastan porque pueden ser arrebatados por grupos que los vuelven inseguros, es más, madriguera suya.  Se requiere además que las comunidades y la sociedad civil, unidas, ocupen o aun recuperen esos espacios y los transformen en centros de aprendizaje de las virtudes.

Para lograrlo, he aquí una propuesta: que escuelas y comunidades, especialmente las familias, trabajen juntas en estos espacios para fomentar las virtudes.  Como la prevención de la delincuencia vía reconstrucción del tejido social es una iniciativa del Estado, éste debe ejecutarla a través de sus escuelas, por ser éstas responsables de la educación. Se convocaría, a través de las escuelas, a las familias y otros grupos comunitarios a desarrollar en esos espacios públicos una serie continua de actividades orientadas al aprendizaje de las virtudes.  Las escuelas no sólo convocarían sino las orientarían y apoyarían.  Se asume que la formación de los docentes incluye el reconocimiento de las virtudes y su aprendizaje, y por ello su liderazgo. ¿Pero por qué  participarían también las familias y otros grupos comunitarios?  Para reunir, integrar y fortalecer los distintos tejidos sociales, y para infundir un componente comunitario, que no corresponde a los maestros de escuela ofrecer, en el aprendizaje de las virtudes: el afecto y el acompañamiento en la adquisición de los buenos hábitos. Las vidas e historias compartidas, propias de las comunidades, permitirían que sus miembros adquieran las virtudes conjuntamente y se den ejemplo los unos a los otros.  Según Platón (1979: pp. 642-644), es enamorándose de una persona ejemplar que un alma quiere ser buena, dar lo mejor de sí; es entonces que alza su vuelo tras la virtud. Finalmente, ¿por qué todo esto en espacios públicos?  Porque la iniciativa de prevención del delito es una iniciativa del Estado, porque la política pública debe ejercerse no en espacios restringidos que favorezcan a pocas familias, sino en espacios abiertos a los que tengan acceso la gran diversidad de mexicanos, y porque estos son los espacios donde preeminentemente debe reinar la ley y el bien común, no la delincuencia.

Cabe concluir señalando que esta política pública, como muchas otras políticas educativas, tendrá resultados a largo plazo. Las buenas costumbres no se adquieren de la noche a la mañana, y menos si comprenden comunidades enteras y no meros individuos.

Arturo Zárate Ruiz

El Colegio de la Frontera Norte, Sede Matamoros

 


Referencias

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Aquino, santo Tomás de.  (2012). Suma Teológica.  Argentina: Hernán J. González.  Recuperado en http://hjg.com.ar/sumat/ el 15 de junio de 2018.

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Castañeda G. Jorge.  (2015). Mañana o pasado.  El misterio de los mexicanos. México: Debolsillo.

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Zárate Ruiz, Arturo. (2013). Ensayo sobre las virtudes cardinales.  Madrid: De Buena Tinta.

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